A veces nos preguntamos si realmente cambiamos o si seguimos siendo la misma persona. El cambio personal no siempre es evidente: algunas facetas de nosotras emergen, otras se transforman, y otras permanecen igual. Lo importante es reconocer y explorar todas las versiones de ti misma para comprender cómo has ido evolucionando y cómo quieres vivir ahora.
Estos últimos días varias sincronías relacionadas con el cambio me han llevado a reflexionar sobre si las personas cambiamos o no.
Pasé de escuchar en un podcast que «no cambiamos, nos calmamos» a leer al día siguiente en Instagram «lo peor que te puede decir alguien es no cambies nunca».
Como ves, hay diversidad de opiniones, y cada una tiene sus razones.
He de confesarte que yo, en alguna ocasión, he pensado que no lo hacemos. Me ha pasado cuando me he reencontrado con alguien después de muchos años y en algún comentario descubro que, en esencia, sigue siendo la misma persona que yo recordaba.
Por otra parte, estoy convencida de que cambiamos. El ejemplo más claro que tengo soy yo misma. Ahora que ya he dado unas cuantas vueltas al Sol, puedo echar la vista atrás y darme cuenta de que no soy la persona que era hace veinte años. Ni hace diez. Ni siquiera la que era hace un año.
¿Te reconoces tú en la que eras tiempo atrás?
La conclusión a la que llego es que cambiamos… pero no.
Me explico.
Creo que cambias —unas veces de manera consciente, otras por necesidad de adaptación y pura supervivencia—, pero que tu esencia sigue siendo la misma.
Cambias cuando se revelan partes de ti que desconocías y las haces tuyas. Cuando descubres otras versiones de tu «yo» que te eran totalmente ajenas y las integras en tu conciencia. Pero esas otras versiones siempre han estado en ti, solo que no eras consciente de ellas. Siempre han formado parte de quien eres en esencia.
Es como si tuvieras varios lienzos en blanco y escogieras una amplia gama de colores para configurar tu paleta.
En tus primeras creaciones empleas tan solo algunas de tus opciones de color, obteniendo un resultado muy similar en todas ellas.
Entonces un día tu pincel se atreve a jugar con esos otros pigmentos a los que no habías prestado atención, y tus cuadros se transforman por completo.
Pero es realmente cuando conoces todos y cada uno de los colores que se abre ante ti la posibilidad de plasmar toda tu creatividad en el lienzo y de que vean la luz tus mejores obras.
Tus lienzos han ido cambiando, pero los colores de tu paleta siempre fueron los mismos.
Cuando naces eres un lienzo en blanco y tu carta natal es tu paleta de colores —tu configuración energética—. En cada etapa, el lienzo de tu vida se va tiñendo de tus diferentes energías.
Durante mucho tiempo puede que solo unas pocas acaparen toda la composición, que te identifiques únicamente con ellas, convenciéndote de que esos son los únicos colores de los que dispones.
Que tú eres, sientes, piensas o actúas de una determinada forma, repitiendo patrones sin atisbar una posibilidad de cambio.
Pero si dejas que el pincel —tu conciencia— explore con detenimiento todas las opciones que le ofrece tu paleta de colores —tu carta natal—, descubrirás que puedes crear un lienzo —tu vida— más colorido, más luminoso, más equilibrado.
Que habitan en ti otras energías que te permiten ser, sentir, pensar o actuar de manera más coherente con el momento de tu vida en el que te encuentres.
Y que, sea cual sea la versión de ti en la que te habites, siempre serás tú.
Esencialmente.
Gracias por ser, estar y querer brillar.
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